jueves, 7 de noviembre de 2013

Memorias de un amor no correspondido I

El amor.
Pff.
                Amor.
                                                                                                     Eso no lleva nada bueno.
El amor solo es dolor, es sufrimiento.
El amor te hace creer que eres feliz para hacerte regresar el mundo real con un gran golpe.
Yo quiero el amor. Lo quiero lejos de mi. Lo más lejos posible de mi.
Habitó en mi. Le di todo lo que me pidió, incluso por encima de mis posibilidades.
Él, a cambio, pese a los buenos momentos que pasamos juntos, me hizo sufrir como nada ni nadie me había hecho sufrir nunca.

Menos mal que me atreví.
Menos mal que fui valiente y lo acabé echando.
Mi último acto de valentía.
Después me convertí en alguien cobarde
Alguien que echaba las cortinas y se escondía debajo de la cama cada vez que el amor llamaba a mi puerta.
Alguien que se cubría con la manta hasta la cabeza y cerraba los ojos con fuerza mientras deseaba que ese amor nunca llegara a tocarle y que, si lo hacía, desapareciera pronto.

Y sin embargo aquí estoy, abriendo la puerta lentamente a un visitante indeseado, como quien recibe la visita de un conocido que no le agrada o de un familiar con el que no tiene buen trato.
Podría decirse que le abro la puerta por costumbre, por educación, por una obligación moral.
Pero sé que no quiero. Sé que no quiero que se vuelva a instalar aquí y me lo repito mil y una veces mientras contemplo como se escurre por la puerta hacia el interior.

Caigo.
Caigo de rodillas ante él y le suplico, mientras me odio y me repugno a mi mismo, le suplicó que me permita esbozar una sonrisa, que retenga mis lágrimas y que haga que mis brazos no estén solos nunca más.
Suplico al amor, suplico porque no sea en mi en el único que se instale.

Y me odio.
Me odio por ser tan débil y tan fuerte a la vez.
Me odio por ser tan cobarde y a la vez tan valiente.
Me odio por ser como yo quiero ser pero no me atrevo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario