Y otra vez las lágrimas pugnan por salir de tus ojos. Pero no, eres duro, no deber llorar. Qué ridículo. Ni siquiera eres capaz de llorar cuando lo necesitas. ¿Qué pasa? ¿Crees que eso te va a hacer más débil? Pero yo sigo escribiendo, sin detenerme, sin pensar en las palabras, dejando que surjan solas, que viajen del corazón a mis manos a través de las venas. Las venas. Muchos optarían por cortárselas en esta situación. Yo no. ¿Para qué? ¿Para darle el gusto a los que me odian? ¿Para dañar a los pocos a los que les importo? Claro, eso si queda alguien a quien le importe, porque cada día me doy más cuenta de que la felicidad nunca llega estés solo o acompañado. Solo es una ilusión que va y viene ante nuestros ojos, pero ya no me engaño, no, sé que no voy a alcanzarla nunca.
Y aquí sigo, escribiendo sin detenerme, como si me fuese la vida en ello, como si por arte de magia todo el dolor fuera a desaparecer en la tinta. Je. Tinta. Esto ni siquiera es tinta, no existe, como las lágrimas que nunca derramaré porque no me atrevo.
Patético, tanto tiempo predicando tu soledad, orgulloso de ella, orgulloso de hundirte entre placeres mientras esquivabas el sufrimiento del amor y ahora te ves así, roto por pensar que era posible. Que era posible encontrar algo diferente, algo que te devolviera la ilusión, las ganas por amar a alguien, las ganas por vivir por algo. Pero no, eso es imposible, y cada día estás más seguro. Tan seguro como de que seguirás gozando, seguirás revolcándote entre placeres. Tan seguro de que volverás a ser el toro que regrese al picado para que le hiera. Tan seguro de que volverás a arrastrarte tras ella para que te patee como a un vulgar perro. Y tú lo permites. Tú. El chico duro que no puede llorar. Menuda mierda de chico duro. Puede humillarte, pero no puedes llorar. Es eso ¿No? ¿Es esa tu ridícula teoría? ¿Es ese tu absurdo orgullo?
Que los demás pisoteen tu orgullo mientras tú buscas seguir creyendo que está intacto. No sé si te lo he llamado ya, pero eres ridículo, patético y tu existencia es absurda. Vuela. Vuela por el cielo como un ave. Sé libre. Cree ser libre. Algún día llegarás a las rejas y te golpearán. Y tu caída será tal que sufrirás más en la incertidumbre del camino que con el golpe. Porque los golpes son momentáneos, la incertidumbre puede ser infinita. PERO LLORA, joder ¿POR QUÉ ERES INCAPAZ DE ABRIRTE A TI MISMO? No puedo imaginar que pasa por tu cabeza para ser capaz de abrirte a gente cuyo afilado cuchillo ya habías visto resplandecer en su mano y no ser capaz de abrirte lo suficiente para desahogarte, para vaciar un poco de dolor con esas lágrimas. JÁ. Permite que me ría de nuevo, no sé en qué estaba pensando al decirte que te vaciarías de dolor si llorarás. El llanto es una ilusión, te hace pensar que te vacías de dolor. Pero no. Solo te prepara para afrontar mejor el sufrimiento. Ah, ya, claro. Que tú eres el chico duro que está preparado para enfrentarse al dolor sin llanto previo. PUES DEMUÉSTRALO. ¿Aún no te has dado cuenta de que las palabras se las lleva el viento? ¿No te has apuñalado suficientemente veces esas palabras que creías seguras? Y lo peor es que eres tan imbécil que todavía confías en que algún día encontrarás a esa persona que no te haga daño, que te provoque una sonrisa pero sin ser con un cuchillo. Desiste. Ríndete. La felicidad está lejos de tu alcance. Del tuyo y del de todos. La felicidad es efímera. Va. Viene. Pero nunca se queda. ASÚMELO DE UNA PUTA VEZ. Asume que nunca podrás ser feliz junto a alguien, asume que tu existencia está basada en el sufrimiento y en la pasajera ausencia de éste.
Y sigues sin llorar ¿Cuántas verdades voy a tener que decirte para que lo hagas? ¿Cuántas veces he de abrirte los ojos con tenazas? ¿Cuántos puñetazos he de darte en el pecho para que tu corazón sienta?
Eres ridículo. Eres un ente. No, un ente no, un ente es inteligente. Eres un ser, un ser que cree en la bondad humana, en el amor, en la esperanza y en la felicidad. La bondad humana no existe, es una leyenda, una leyenda escrita con una pluma que tampoco existió nunca. Es eso que siempre está flotando en las cabezas pero que nunca toma tierra. El amor. Eso sabes que existe. Lo has sufrido. Sí, lo has sufrido, no lo has disfrutado. ¿Qué dices? ¿Que si lo has disfrutado? Cierto, a veces te observé mientras reías, mientras gozabas, mientras tus ojos brillaban generando una sonrisa en tu boca. Pero apenas lo recuerdo. No. Apenas lo recuerdo, me lo empañan todas esas lágrimas que antes te atrevías a sacar, todos esos lamentos, esos gritos, esos puñetazos a las paredes, esas patadas a las puertas, esa ira que buscaba cualquier medio para salir. Sí. Aquellos eran los verdaderos frutos del amor. Pero bueno, eres libre, o eso quieres creer, así que sigue pensando que el amor es un camino hacia la felicidad. No desistas. Sé que te gusta el dolor y dolor es lo que vas a tener. ¿Y qué decir de la esperanza? El alimento de los necios, el escudo de los cobardes que no se atreven a enfrentarse a la realidad. La esperanza solo sirve para generar dolor. Tener esperanza solo te ayuda a crear sueños que los demás aplastarán, pisotearán y destrozarán hasta convertir en una amalgama sanguinolenta. Ni la bondad, ni el amor, ni la esperanza te llevarán a la felicidad. Porque ya te he dicho que la felicidad no existe. Sé que tratas de no escucharme, pero es imposible. Soy tú. Soy la parte de ti que tratas de ocultar y acallar. La parte de ti de la que muchas veces te avergüenzas y a la que otras muchas odias. Y por eso me voy. Me voy dejándote en esa esquina. Escondiéndote de la realidad. Viviendo en una mentira en la que tú eres duro, eres fuerte, no lloras, no sufres, puedes amar, tienes esperanza, eres bueno y puedes ser feliz. Sueña, sueña para que los demás rompan aquello que sueñes.
Y sí, sigue mirándola a ella. Sigue pensando que algún día podrás ser tú el que sonría de esa manera. Pero debes saber que mientras yo siga aquí recordándote la realidad del mundo no serás capaz. Soy tu razón. Soy aquello que pone tus pies en la tierra. Soy la dura y pesada verdad. Solo tienes que eliminarme y podrás seguir luchando con todas tus fuerzas por aquello que sueñas. Pero ¿Podrás matarme?
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miércoles, 27 de noviembre de 2013
Sin tiempo para pensar
viernes, 8 de noviembre de 2013
Memorias de un amor no correspondido II
División.
Sinceridad. Ignorancia.
Indecisión.
Hablar. Callar.
Incertidumbre.
Aceptación. Rechazo.
¿Qué hacer?
¿Abrir la boca? ¿Dejar que salga el corazón y hable por mi? ¿Quedarme al descubierto ante posibles puñaladas?
¿Callarme? ¿Reprimirme una vez más? ¿Engañarme a mi mismo pensando que no es amor?
Y los días pasan.
Y el corazón late.
Y tus oídos te susurran que sus labios han tocado otros que no son los tuyos.
Y tú sufres. Te das cuenta de que alguien se ha hecho más hueco en tu interior del que creías y querrías.
Y ves sonrisas. Sonrisas que no has provocado tú.
Y sufres. Y te alegras por su felicidad. Te castigas por tu cobardía.
Te decides. Más bien te deciden. Bendito alcohol. O quizá maldito. Tendré que consultarle a la botella.
Y hablas.
Hablas más de la cuenta.
Y ya no solo hablan tus labios.
Habla tu corazón. Habla tu cobardía. Habla tu miedo. Habla tu amor.
Amor, nadie te dio vela en este entierro. Tú deberías ser el fallecido.
Nada.
No consigues absolutamente nada.
Fingida comprensión. Fingida aceptación.
Palabras ambiguas. Pensamientos escondidos. Sentimientos encerrados.
Sus labios hablan, su corazón calla.
Tú sufres.
Pero al fin y al cabo siempre sufres. El amor, ese maldito inmortal que tan feliz parece hacerte y tantas heridas envenenadas te abre.
Quizá merezca ese sufrimiento. Por ilusionarme, por creer aún que se puede ser feliz con el amor. Por pensar que alguien de verdad puede merecer mis lágrimas y mis sonrisas.
Sufro por lo de siempre. Por ser como quiero ser pero no me atrevo.
Sinceridad. Ignorancia.
Indecisión.
Hablar. Callar.
Incertidumbre.
Aceptación. Rechazo.
¿Qué hacer?
¿Abrir la boca? ¿Dejar que salga el corazón y hable por mi? ¿Quedarme al descubierto ante posibles puñaladas?
¿Callarme? ¿Reprimirme una vez más? ¿Engañarme a mi mismo pensando que no es amor?
Y el corazón late.
Y tus oídos te susurran que sus labios han tocado otros que no son los tuyos.
Y tú sufres. Te das cuenta de que alguien se ha hecho más hueco en tu interior del que creías y querrías.
Y ves sonrisas. Sonrisas que no has provocado tú.
Y sufres. Y te alegras por su felicidad. Te castigas por tu cobardía.
Te decides. Más bien te deciden. Bendito alcohol. O quizá maldito. Tendré que consultarle a la botella.
Y hablas.
Hablas más de la cuenta.
Y ya no solo hablan tus labios.
Habla tu corazón. Habla tu cobardía. Habla tu miedo. Habla tu amor.
Amor, nadie te dio vela en este entierro. Tú deberías ser el fallecido.
Nada.
No consigues absolutamente nada.
Fingida comprensión. Fingida aceptación.
Palabras ambiguas. Pensamientos escondidos. Sentimientos encerrados.
Sus labios hablan, su corazón calla.
Tú sufres.
Pero al fin y al cabo siempre sufres. El amor, ese maldito inmortal que tan feliz parece hacerte y tantas heridas envenenadas te abre.
Quizá merezca ese sufrimiento. Por ilusionarme, por creer aún que se puede ser feliz con el amor. Por pensar que alguien de verdad puede merecer mis lágrimas y mis sonrisas.
Sufro por lo de siempre. Por ser como quiero ser pero no me atrevo.
jueves, 7 de noviembre de 2013
Memorias de un amor no correspondido I
El amor.
Pff.
Amor.
Eso no lleva nada bueno.
El amor solo es dolor, es sufrimiento.
El amor te hace creer que eres feliz para hacerte regresar el mundo real con un gran golpe.
Yo quiero el amor. Lo quiero lejos de mi. Lo más lejos posible de mi.
Habitó en mi. Le di todo lo que me pidió, incluso por encima de mis posibilidades.
Él, a cambio, pese a los buenos momentos que pasamos juntos, me hizo sufrir como nada ni nadie me había hecho sufrir nunca.
Menos mal que me atreví.
Menos mal que fui valiente y lo acabé echando.
Mi último acto de valentía.
Después me convertí en alguien cobarde
Alguien que echaba las cortinas y se escondía debajo de la cama cada vez que el amor llamaba a mi puerta.
Alguien que se cubría con la manta hasta la cabeza y cerraba los ojos con fuerza mientras deseaba que ese amor nunca llegara a tocarle y que, si lo hacía, desapareciera pronto.
Y sin embargo aquí estoy, abriendo la puerta lentamente a un visitante indeseado, como quien recibe la visita de un conocido que no le agrada o de un familiar con el que no tiene buen trato.
Podría decirse que le abro la puerta por costumbre, por educación, por una obligación moral.
Pero sé que no quiero. Sé que no quiero que se vuelva a instalar aquí y me lo repito mil y una veces mientras contemplo como se escurre por la puerta hacia el interior.
Caigo.
Caigo de rodillas ante él y le suplico, mientras me odio y me repugno a mi mismo, le suplicó que me permita esbozar una sonrisa, que retenga mis lágrimas y que haga que mis brazos no estén solos nunca más.
Suplico al amor, suplico porque no sea en mi en el único que se instale.
Y me odio.
Me odio por ser tan débil y tan fuerte a la vez.
Me odio por ser tan cobarde y a la vez tan valiente.
Me odio por ser como yo quiero ser pero no me atrevo.
Pff.
Amor.
Eso no lleva nada bueno.
El amor solo es dolor, es sufrimiento.
El amor te hace creer que eres feliz para hacerte regresar el mundo real con un gran golpe.
Yo quiero el amor. Lo quiero lejos de mi. Lo más lejos posible de mi.
Habitó en mi. Le di todo lo que me pidió, incluso por encima de mis posibilidades.
Él, a cambio, pese a los buenos momentos que pasamos juntos, me hizo sufrir como nada ni nadie me había hecho sufrir nunca.
Menos mal que me atreví.
Menos mal que fui valiente y lo acabé echando.Mi último acto de valentía.
Después me convertí en alguien cobarde
Alguien que echaba las cortinas y se escondía debajo de la cama cada vez que el amor llamaba a mi puerta.
Alguien que se cubría con la manta hasta la cabeza y cerraba los ojos con fuerza mientras deseaba que ese amor nunca llegara a tocarle y que, si lo hacía, desapareciera pronto.
Y sin embargo aquí estoy, abriendo la puerta lentamente a un visitante indeseado, como quien recibe la visita de un conocido que no le agrada o de un familiar con el que no tiene buen trato.
Podría decirse que le abro la puerta por costumbre, por educación, por una obligación moral.
Pero sé que no quiero. Sé que no quiero que se vuelva a instalar aquí y me lo repito mil y una veces mientras contemplo como se escurre por la puerta hacia el interior.
Caigo.
Caigo de rodillas ante él y le suplico, mientras me odio y me repugno a mi mismo, le suplicó que me permita esbozar una sonrisa, que retenga mis lágrimas y que haga que mis brazos no estén solos nunca más.
Suplico al amor, suplico porque no sea en mi en el único que se instale.
Y me odio.
Me odio por ser tan débil y tan fuerte a la vez.
Me odio por ser tan cobarde y a la vez tan valiente.
Me odio por ser como yo quiero ser pero no me atrevo.
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