miércoles, 18 de diciembre de 2013

Palabras de un desgraciado

A mi mismo y a la persona que creí ser

No sé qué hago aquí.
Tampoco recuerdo como llegué. O quizá si me acuerdo y mi mente ha querido olvidarlo.
Pero yo era inocente ¿O no? Esas rejas se encargan de recordarme que no, pero mi mente no quiere apoyarme y no intenta hacerme pensar lo contrario.
Pero ¿Qué hice?
¿Qué hice?
No puedo recordarlo, tan solo puedo recordar quién soy.
Soy un preso, el culpable de un recuerdo que no aparece. Soy un desgraciado.
No desgraciado por no verme culpable, sino desgraciado por saberme culpable y no conocer los motivos.
Porque tan solo puedo recordar quién soy.
Quién soy, no quién era.
Creo haber sido una persona respetable. No perfecta, nadie es perfecto, pero sí respetable.
No recuerdo haber hecho daño a nadie. Creo que no conscientemente, al menos.
Pero quizás no sea una excusa pausible abogar por el desconocimiento. Quizá debería haber sido consecuente con mis actos. Haber pensado en las consecuencias.
Creo haber sido demasiado impulsivo. Y creo que nunca le hubiese colocado delante ese “demasiado”.
Ahora sí. Ahora sí porque no recuerdo quién era. Tan solo creo recordar quien era.
Y creo no haber sido alguien malvado. Creo haber ayudado a la gente cuando lo ha necesitado.
No a toda, evidentemente, ni tampoco a toda la que lo ha necesitado. Quizá nunca ayudé a nadie. O quizá ayude a quién no lo merecía y me olvidé de quien verdaderamente lo necesitaba. ¿Quién soy yo para hacer de juez?
No. No me escudaré en aquello. Debería haber ayudado a todos los que pudiera, sin importar sus motivos o sus necesidades. Solo ellos han de ser conscientes de su necesidad, yo no tuve que ser juez. Pero ¿Cómo ayudar a todo el mundo cuando nadie me ayudaba a mi?
Aunque ¿Acaso recuerdo yo si me ayudaban? Creo que no, recuerdo estar solo. No estar solo. No. Había mucha gente a mi alrededor. Mucho ruido. Mucho movimiento. Y nadie se calló para escucharme, nadie se detuvo para apoyarme. Me sentía solo.
Y, si estaba solo y ninguno callaba y se detenía ¿Cómo podía yo ayudarles?
No fue culpa mía. No soy culpable, ya lo dije.
Pero yo no quise, no quiero ser juez. A ellos les dio igual y, por sentirse solos como yo, me condenaron. Me condenaron por actuar de la misma manera que ellos.
Ya. Pero yo nunca fui juez. Nunca quise juzgar a nadie, no quise llevar ese peso sobre mi espalda, esa carga en mi cabeza. Al parecer sus espaldas eran poderosas y su cabeza estaba blindada, porque admiro su capacidad para juzgar y condenar sin sentir culpa o remordimiento alguno.
Creo que yo no era así. Creo que mi espalda nunca soportó ese peso ni mi cabeza albergó dicha carga. Y si lo hice quise ignorarlo, porque creo que si lo hubiese sabido me hubiera derrumbado.
¿De qué me sirvió ignorarlo? Si no me derrumbé yo, me derrumbaron otros.
Creo que fui condenado por la culpa de todos. Fui juzgado por no ser juez. Fui condenado por no condenar.
La gente teme lo diferente. Odia lo diferente. El odio para tapar el temor.
Y yo fui diferente a la vez que igual al resto.
No ayudé a nadie, nadie me ayudó a mi. Ellos no me ayudaron y yo no les ayudé.
Sin embargo yo no juzgué y ellos sí juzgaban.
A sus ojos resultaba extraño que alguien no juzgara, por lo que era necesario juzgar semejante anomalía.
Quizá si ayudé gente, quizá sí me ayudaron. Y quizá me condenaron tan solo por no condenar a nadie.
Qué se yo. La cabeza me palpita por tratar de recordar. O quizá por la carga que lleva.
Puede que sea culpable y los jueces fuesen justos.
Prefiero no pensar. Prefiero cerrar los ojos y huir de la realidad.
Huir.

Huir una vez más.

1 comentario:

  1. Eres de estas personas a las que abrazaría hasta dejar sin respiración.
    Sigue escribiendo, es maravilloso leerte.

    ResponderEliminar