Subí
al autobús y, como de costumbre, me dirigí hacia el fondo; pero,
por el camino me encontré con algo que desvió completamente mi
atención e hizo que me olvidase de todo lo que me rodeaba.
Ya no había autobús, ya no había gente, ya no había un yo. Solo había un ella.
Ella. La Belleza. La Belleza hecha rostro.
Y ya no es que solo aquella joven fuera atractiva y me atrajera, es que era increíblemente magnética.
No podía observarla como a un ser humano, sino admirarla como si de una perfecta obra de arte se tratase.
Aquella tersa e increíblemente pálida piel no podía sino estar esculpida en el más bello de los mármoles.
Aquellos labios gruesos y de un sangriento color escarlata debían de nutrirse de la propia belleza que emanaban.
Aquella nariz tallada con todo mimo, sobresaliendo lo suficiente para ser bellamente caricaturesca pero sin alcanzar dimensiones desproporcionadas.
Y aquellos ojos, aquellos ojos que desprendían la tranquilidad del verde, la majestuosidad y fuerza del oro y la dulzura pura de la miel. Aquellos ojos que...Tinieblas. Sombras en mi ser.
El alma a los pies. No. No era posible.
Creo que lo que ocurrió fue lo que me trastornó, ya que varió todas las convicciones que tenía hacia mi propia persona.
Me entraron ganas de llorar. A mi. A la persona que nunca llora, que mientras todos se desmoronan sigue firme.
Ya no había autobús, ya no había gente, ya no había un yo. Solo había un ella.
Ella. La Belleza. La Belleza hecha rostro.
Y ya no es que solo aquella joven fuera atractiva y me atrajera, es que era increíblemente magnética.
No podía observarla como a un ser humano, sino admirarla como si de una perfecta obra de arte se tratase.
Aquella tersa e increíblemente pálida piel no podía sino estar esculpida en el más bello de los mármoles.
Aquellos labios gruesos y de un sangriento color escarlata debían de nutrirse de la propia belleza que emanaban.
Aquella nariz tallada con todo mimo, sobresaliendo lo suficiente para ser bellamente caricaturesca pero sin alcanzar dimensiones desproporcionadas.
Y aquellos ojos, aquellos ojos que desprendían la tranquilidad del verde, la majestuosidad y fuerza del oro y la dulzura pura de la miel. Aquellos ojos que...Tinieblas. Sombras en mi ser.
El alma a los pies. No. No era posible.
Creo que lo que ocurrió fue lo que me trastornó, ya que varió todas las convicciones que tenía hacia mi propia persona.
Me entraron ganas de llorar. A mi. A la persona que nunca llora, que mientras todos se desmoronan sigue firme.
Y sí, me entraron ganas de llorar. Y es que aquella chica tenía una herida en el ojo. Dentro. Un pozo negro con tintes escarlatas justo a la izquierda de aquella fuente de perfección que era su iris.
No podía creer que una belleza de niveles divinos pudiese ser destruida de esa manera tan simple y que nadie hubiese pagado por tal herejía.
Sí. Me entraron ganas de descargar las lágrimas que llevaba acumulando tanto tiempo por ese simple hecho. Por ver como un colosal castillo de belleza podía verse destruido y marginado por una simple grieta.
Era como ver la muñeca de porcelana que, bella como ninguna otra, se ve relegada a un segundo plano porque le ha aparecido una grieta en el rostro.
Y aún así seguía siendo bella. Terriblemente bella. Aquella herida por la que se desgranaba su hermosura le otorgaba aún más belleza. Quizá una belleza exótica y morbosa. Quizá una pervertida belleza. Pero una belleza tan terrible que hizo que no pudiese apartar mis ojos de ella un instante. Y ella no se percataba de ello. No se percataba que su belleza antinatural había absorbido cada milímetro de mi ser.
Cuando tuve que separarme de ella, que alejarme sin saber si alguna vez volvería a tener la oportunidad de contemplarla, sentí un vacío por dentro. Sentí que algo se apagaba en mí y sentí que no se volvería a encender hasta que no pudiese contemplar de nuevo aquella corrompida perfección.

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