martes, 31 de diciembre de 2013

Silencioso escándalo

El mejor sonido del mundo es el silencio.
Pero no el silencio absoluto, no.
El silencio interrumpido, inconstante.
Ese es el silencio perfecto.

Roto por el piar de los pájaros, el graznido de un ave, el ladrido de un perro, el aullido de un lobo.

Interrumpido por la brisa entre las piedras, el viento contra las ventanas, la lluvia contra los cristales.

Destrozado por un cláxon, un chirriar de ruedas, un estornudo, una tos, un improperio.

Espantado por un grito, un alarido, el clamar de una multitud, el rugido de una masa.

Invadido por un susurro, una respiración, el arrastrar de unos pies por el suelo.

Rechazado por la música alta. Muy alta. Sea suave o sea fuerte, pero que sea muy alta.

Ese silencio es el de cada día.
Ese sonido al que estamos tan acostumbrados que ya no valoramos.

El día que nos falte se acabará el mundo.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Palabras de un desgraciado

A mi mismo y a la persona que creí ser

No sé qué hago aquí.
Tampoco recuerdo como llegué. O quizá si me acuerdo y mi mente ha querido olvidarlo.
Pero yo era inocente ¿O no? Esas rejas se encargan de recordarme que no, pero mi mente no quiere apoyarme y no intenta hacerme pensar lo contrario.
Pero ¿Qué hice?
¿Qué hice?
No puedo recordarlo, tan solo puedo recordar quién soy.
Soy un preso, el culpable de un recuerdo que no aparece. Soy un desgraciado.
No desgraciado por no verme culpable, sino desgraciado por saberme culpable y no conocer los motivos.
Porque tan solo puedo recordar quién soy.
Quién soy, no quién era.
Creo haber sido una persona respetable. No perfecta, nadie es perfecto, pero sí respetable.
No recuerdo haber hecho daño a nadie. Creo que no conscientemente, al menos.
Pero quizás no sea una excusa pausible abogar por el desconocimiento. Quizá debería haber sido consecuente con mis actos. Haber pensado en las consecuencias.
Creo haber sido demasiado impulsivo. Y creo que nunca le hubiese colocado delante ese “demasiado”.
Ahora sí. Ahora sí porque no recuerdo quién era. Tan solo creo recordar quien era.
Y creo no haber sido alguien malvado. Creo haber ayudado a la gente cuando lo ha necesitado.
No a toda, evidentemente, ni tampoco a toda la que lo ha necesitado. Quizá nunca ayudé a nadie. O quizá ayude a quién no lo merecía y me olvidé de quien verdaderamente lo necesitaba. ¿Quién soy yo para hacer de juez?
No. No me escudaré en aquello. Debería haber ayudado a todos los que pudiera, sin importar sus motivos o sus necesidades. Solo ellos han de ser conscientes de su necesidad, yo no tuve que ser juez. Pero ¿Cómo ayudar a todo el mundo cuando nadie me ayudaba a mi?
Aunque ¿Acaso recuerdo yo si me ayudaban? Creo que no, recuerdo estar solo. No estar solo. No. Había mucha gente a mi alrededor. Mucho ruido. Mucho movimiento. Y nadie se calló para escucharme, nadie se detuvo para apoyarme. Me sentía solo.
Y, si estaba solo y ninguno callaba y se detenía ¿Cómo podía yo ayudarles?
No fue culpa mía. No soy culpable, ya lo dije.
Pero yo no quise, no quiero ser juez. A ellos les dio igual y, por sentirse solos como yo, me condenaron. Me condenaron por actuar de la misma manera que ellos.
Ya. Pero yo nunca fui juez. Nunca quise juzgar a nadie, no quise llevar ese peso sobre mi espalda, esa carga en mi cabeza. Al parecer sus espaldas eran poderosas y su cabeza estaba blindada, porque admiro su capacidad para juzgar y condenar sin sentir culpa o remordimiento alguno.
Creo que yo no era así. Creo que mi espalda nunca soportó ese peso ni mi cabeza albergó dicha carga. Y si lo hice quise ignorarlo, porque creo que si lo hubiese sabido me hubiera derrumbado.
¿De qué me sirvió ignorarlo? Si no me derrumbé yo, me derrumbaron otros.
Creo que fui condenado por la culpa de todos. Fui juzgado por no ser juez. Fui condenado por no condenar.
La gente teme lo diferente. Odia lo diferente. El odio para tapar el temor.
Y yo fui diferente a la vez que igual al resto.
No ayudé a nadie, nadie me ayudó a mi. Ellos no me ayudaron y yo no les ayudé.
Sin embargo yo no juzgué y ellos sí juzgaban.
A sus ojos resultaba extraño que alguien no juzgara, por lo que era necesario juzgar semejante anomalía.
Quizá si ayudé gente, quizá sí me ayudaron. Y quizá me condenaron tan solo por no condenar a nadie.
Qué se yo. La cabeza me palpita por tratar de recordar. O quizá por la carga que lleva.
Puede que sea culpable y los jueces fuesen justos.
Prefiero no pensar. Prefiero cerrar los ojos y huir de la realidad.
Huir.

Huir una vez más.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Alienados a la aceptación

Lo primero que voy a aclarar es que, aunque no esté de acuerdo ni vaya a realizarlo, respeto a la gente que desea casarse y que lo hace. Pero quiero exponer los motivos por los que el matrimonio me parece completamente prescindible.

En primer lugar quiero destacar el hecho de que el matrimonio es, históricamente, un rito religioso. Desde que se tiene constancia de ello, todas las parejas debían de mostrarse sumisas a una deidad que bendecía su unión.
Con ello lo que quiero decir es que me parece ridículo que alguien no creyente contraiga matrimonio.
Ante esta cuestión surgió el matrimonio civil, aún más absurdo.
Como ya he dicho, el matrimonio fue y es, desde su creación, un rito religioso. Si lo conviertes en una ceremonia civil pierde todo su sentido y se orienta completamente hacia el aspecto que más me asquea del matrimonio y que mencionaré ahora.

Y es que el matrimonio, hoy por hoy, es completamente una ceremonia enfocada a conseguir un reconocimiento y una aprobación social. Han quedado, casi por completo, enterrados todos los motivos religiosos ante la aplastante realidad social (Generada principalmente por la Iglesia y los gobiernos conservadores) de que está bien visto casarse por la Iglesia y convivir fuera del matrimonio "es pecado".

Pensaréis que exagero y, aunque la idea pecaminosa del no casarse ha quedado bastante relegada, sigue presente la creencia social de que es necesario casarse. Es más, ya no es una creencia, es algo inculcado indirectamente por las reacciones del entorno. Es decir; en una época en la que la Iglesia tenía mucha influencia se generó la idea de que lo único virtuoso es casarse religiosamente, esta idea pasó de padres a hijos que, aunque no estuvieran de acuerdo, terminaron aceptando y, por lo tanto, mantuvieron presente en una generación más esa idea. Y así generación tras generación, imponiendo una idea general y ya preconcebida en la sociedad de que el matrimonio religioso es lo único bueno.

Por lo tanto, ya sea por lo religioso o por lo civil (En este segundo con más motivo) el matrimonio ha perdido toda motivación divina y se ha convertido en una búsqueda de aceptación social.

¿Acaso quieres más a tu pareja por casarte con ella? ¿Tienes que casarte para demostrar tu amor, tu fidelidad y tu compromiso a esa persona? No. Lo que quieres es demostrar a ojos de los demás que eres una persona decente. Quieres poder presumir de ser feliz, aunque no lo seas, y de que alguien ha decidido pasar la vida junto a ti, aunque ya os hayáis arrepentido de esa decisión.

Y es que, al fin y al cabo, todo en esta sociedad está basado en buscar la aceptación de la mayoría y en demostrar que eres más y mejor que los que te rodean.


Pensamientos, ideas, sentimientos, sensaciones, opiniones... Todo subordinado a la opinión social.
Alienados a la aceptación.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Feliz Falsedad

Lo primero que voy a decir es que es una celebración hipócrita.
Y no me voy a meter solo en el tema del consumismo, aunque sea una fiesta que sigue motivada por él, sino con otros aspectos igual de hipócritas.

La navidad es esa época en la que se reúne la familia.
Sí, toda. 
Toda esa familia en la que seguro que hay roces, odios y desprecios. 

Sin embargo, en estas fechas, todo son falsas sonrisas de felicidad, fingidas muestras de cariño que apenas ocultan el desprecio y muchos halagos y palabras bonitas cargadas de mentira y puro veneno de odio.
En navidad todos nos queremos, en navidad hay que estar unidos, en navidad hay que amarse... 
¿Y el resto del año qué?

A tomar por culo todos el resto del año.


Pero claro, en estas fiestas está socialmente bien considerada la unidad familiar, pese a que solo sea una fachada.

Y también está el caso de la gente que critica esta fiesta de consumista mientras anhela recibir los mejores y mayor número de regalos. Por muy basada en el dinero que esté actualmente esta celebración, no puedes tacharla de consumista y ser el primero por cuya boca empiezan a surgir infinitas peticiones de números y cifras que a tus padres parecen marearles.
Atragántate con tu hipócrita crítica al consumismo y muérete alrededor de una familia que nunca te has preocupado por querer y cuidar por el simple hecho de que ellos tampoco se molestaron en quererte.
Solo se piensa en lo mismo de siempre. 

¿Qué esperar de una sociedad tan materialista y superficial?

Todo es fingir, alardear y mantener una posición social que solo respetas tú y que los demás van a hundir a la mínima oportunidad para mantener la suya propia.


Texto original en: http://ask.fm/DaniDarklight/answer/104530616716

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Simplemente loco.

¿Por qué hay que buscarle un sentido a la locura?

La locura es la ausencia de sentido.

Además ¿Quién decide quién está loco y quién no?
Quizá el loco sea el cuerdo y los cuerdos estén locos. 

La locura es caos, la locura es libertad, la locura es vida.

La cordura nos ata los pies, nos corta las alas y nos encierra la mente.
Nos reprime en un cubículo llamado sociedad, llamado moral.
Aplasta nuestros deseos, nuestros sueños, nuestra felicidad.

Solo el loco puede ser feliz porque es el único que no piensa en serlo.

Simplemente vive.

martes, 3 de diciembre de 2013

Belleza corrompida

Subí al autobús y, como de costumbre, me dirigí hacia el fondo; pero, por el camino me encontré con algo que desvió completamente mi atención e hizo que me olvidase de todo lo que me rodeaba.
Ya no había autobús, ya no había gente, ya no había un yo. Solo había un ella.
Ella. La Belleza. La Belleza hecha rostro.
Y ya no es que solo aquella joven fuera atractiva y me atrajera, es que era increíblemente magnética.
No podía observarla como a un ser humano, sino admirarla como si de una perfecta obra de arte se tratase.
Aquella tersa e increíblemente pálida piel no podía sino estar esculpida en el más bello de los mármoles.
Aquellos labios gruesos y de un sangriento color escarlata debían de nutrirse de la propia belleza que emanaban.
Aquella nariz tallada con todo mimo, sobresaliendo lo suficiente para ser bellamente caricaturesca pero sin alcanzar dimensiones desproporcionadas.
Y aquellos ojos, aquellos ojos que desprendían la tranquilidad del verde, la majestuosidad y fuerza del oro y la dulzura pura de la miel. Aquellos ojos que...Tinieblas. Sombras en mi ser.
El alma a los pies. No. No era posible.
Creo que lo que ocurrió fue lo que me trastornó, ya que varió todas las convicciones que tenía hacia mi propia persona.
Me entraron ganas de llorar. A mi. A la persona que nunca llora, que mientras todos se desmoronan sigue firme. 

Y sí, me entraron ganas de llorar. Y es que aquella chica tenía una herida en el ojo. Dentro. Un pozo negro con tintes escarlatas justo a la izquierda de aquella fuente de perfección que era su iris.
No podía creer que una belleza de niveles divinos pudiese ser destruida de esa manera tan simple y que nadie hubiese pagado por tal herejía.
Sí. Me entraron ganas de descargar las lágrimas que llevaba acumulando tanto tiempo por ese simple hecho. Por ver como un colosal castillo de belleza podía verse destruido y marginado por una simple grieta.
Era como ver la muñeca de porcelana que, bella como ninguna otra, se ve relegada a un segundo plano porque le ha aparecido una grieta en el rostro.
Y aún así seguía siendo bella. Terriblemente bella. Aquella herida por la que se desgranaba su hermosura le otorgaba aún más belleza. Quizá una belleza exótica y morbosa. Quizá una pervertida belleza. Pero una belleza tan terrible que hizo que no pudiese apartar mis ojos de ella un instante. Y ella no se percataba de ello. No se percataba que su belleza antinatural había absorbido cada milímetro de mi ser.
Cuando tuve que separarme de ella, que alejarme sin saber si alguna vez volvería a tener la oportunidad de contemplarla, sentí un vacío por dentro. Sentí que algo se apagaba en mí y sentí que no se volvería a encender hasta que no pudiese contemplar de nuevo aquella corrompida perfección.